La historia de la medicina

El ser humano siempre ha tenido la necesidad de comprender el origen de las enfermedades. Aún así, el deseo de aprender cómo funciona el cuerpo humano sigue siendo hoy en día un auténtico misterio. ¿Estaremos averiguando su verdadero funcionamiento, o nos estaremos alejando cada vez más de él? Quizá para ello, para comprender tanto la medicina occidental como la más tradicional, es necesario hacer un breve pero intenso viaje en el tiempo.
En la antigua Grecia, la creencia de que grandes divinidades podían castigar al hombre o salvarle la vida era algo habitual. El mundo de los espíritus, de los rituales y los ungüentos milagrosos era aceptado sin más, y el hombre era un muñeco a merced de los dioses. Tales de Mileto, que vivió hacia el año 600 a.C., pensaba que un imán tenía alma porque era capaz de mover el hierro. La ciencia comenzó en la Grecia antigua y, actualmente, sabemos que muchas de sus teorías son falsas o, al menos, que estaban mal enfocadas. Es preciso esta matización ya que si es cierto que muchas han ido desapareciendo, otras han ido mutando hasta convertirse en teorías que son plenamente existentes en nuestros días. Por ejemplo, el concepto de que toda materia está formada por componentes más pequeños que pueden ser reorganizados para producir nuevas estructuras, ya fue desarrollada en el siglo VI a.C. por Alcmeón y su idea de la «permanencia dinámica». Empédocles (c. 490-c 435 a,C.) fue uno de los grandes sabios de todos los tiempos y, aunque se le atribuían proezas como realizar milagros, controlar los vientos y un largo etc., destacó por ser el creador de la teoría de los cuatro elementos, una de las teorías más importantes de todos los tiempos. Según él, todos los elementos que existían estaban formados por: tierra, fuego, aire y agua, y estos se atraían o eran repelidos por fuerzas desconocidas; luego, las investigaciones prosiguieron. Desde los primeros pensadores como Anaxímedes, hasta llegar a Demócrito, se llegó a la conclusión de que una sustancia está formada por un amplio número de pequeñas partículas separadas por el espacio vacío. Comprendiendo así que el hielo está formado por pequeñas moléculas de agua fuertemente unidas, que el agua líquida contenía esas mismas moléculas pero en un entorno más fluido y que el vapor, seguía teniendo las mismas moléculas pero muy alejadas entre sí. De este modo, el hombre fue investigando para poder comprender mejor el entorno en que vivía y cómo éste le afectaba.

La teoría de los cuatro elementos fue evolucionando con el tiempo. Aristóteles sugirió luego un quinto elemento: el éter, y los físicos J. J. Thompson, Ernest Rutherford y James Chadwick descubrieron que todos estos elementos estaban formados por tres partículas indestructibles: el protón, el electrón y el neutrón; y, más adelante, se descubrió que éstas interactuaban con una cuarta: el fotón. Con lo cual, la teoría inicial de los cuatro elementos no era tan absurda como parecía al principio…

Hipócrates (c. 460-377 a.C.) puede considerarse el fundador de la medicina. Él aceptó la doctrina de los cuatro elementos, pero necesitaba creer en algo más tangible y, como en aquella época las disecciones estaban prohibidas, Hipócrates decidió centrarse sólo en aquello que podía ver. Así, su teoría de los cuatro elementos evolucionó hacia la de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Los cuatro humores se relacionaban con los cuatro elementos y con las cuatro cualidades primarias: caliente, frío, seco y húmedo; también con los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, etc. En la actualidad, se asociaría a los cuatro estados de la materia: sólido, líquido, gas o plasma. Descubrieron la importancia del aspecto psicológico y su influencia en nuestro estado de salud y, para eliminar el exceso de flema o bilis solían utilizar las sangrías, que llegaron a utilizarse incluso hasta el siglo diecinueve. Hipócrates daba mucha importancia al ejercicio, a la dieta, y al estilo de vida, algo que hoy nos resulta de sentido común pero que no nos tomamos muy en serio.
Aristóteles (384-322 a.C) fue un eminencia, pero quizá sus teorías vayan a sorprendernos… Según él la circulación de la sangre no existía, se producía en el corazón, el hígado y el bazo, y luego se distribuía hacia los tejidos sin flujo de retorno. Se creía que muchos vasos y arterias estaban vacíos o que el cerebro enfriaba la sangre para que no se calentara en exceso. Los nervios no existían, y los músculos sólo servían para proteger y mantener al cuerpo caliente. Galeno (c. 129.216 d.C) prosiguió las investigaciones, trabajó ya como cirujano y fue llamado a Roma para ser el médico personal de Marco Aurelio; aún así, después de él poco se avanzó en medicina. Fue William Harvey (1578-1657), quien descubrió que el corazón era una bomba mecánica que hacía circular la sangre por todo el cuerpo. Marcello Malpighi (1628-1694) completó la imagen que todos tenemos hoy en día de la circulación y, en la década de 1870 se comprobó que la función de la sangre era únicamente la de transportar el oxígeno de los pulmones a los tejidos. Como veis, antes de hacer cualquier descubrimiento, solemos crear muchas falsas hipótesis.

La ciencia fue evolucionando, y la teoría de los cuatro elementos dejó finalmente de utilizarse. ¡Era absurdo pensar que los huesos estaban formados de tierra y fuego! Pero, ¿era tan absurdo pensar que las estaciones no nos afectaban, o que una persona con delirios y fuertes sudores no sufría una especie de ataque por calor o “fuego”? En realidad, ¿podían ser tan malas aquellas sangrías? La teoría de los cuarto elementos pasó a ser una teoría con más de treinta (hoy en día más de cien) elementos, y la química se convirtió en la fuerza motriz de los grandes investigadores. Theodor Schwann fue el descubridor de lo que hoy en día llamamos la pepsina, una enzima que aisló a partir de los jugos digestivos. Y así fue cómo comenzó a investigar el proceso de fermentación, aunque fue Louis Pasteur quien terminaría finalmente estableciendo sus bases. También fue Schwann quien descubrió que los tejidos estaban formados por células que tenían vida propia. a partir de aquel momento, desde que descubrieron la célula, hubo una separación entre la ciencia antigua y la moderna. Si antes el estudio de las enfermedades se atribuía a factores externos, ahora, el ser humano, había descubierto que muchos de los secretos que escondían las enfermedades podrían hallarse en el interior de cada uno de nosotros, en las células, y toda la investigación se centró en ello. Aquí es donde florece la medicina actual: a partir de la primera disección, de comprender la circulación sanguínea, el funcionamiento de los órganos de todo el cuerpo y de la célula, hasta el descubrimiento de todos su componentes y del preciado ADN. Descubrimos que a través de la química podemos interactuar con el organismo y regular ciertas enfermedades y, gracias a ello, logramos vencer algunas epidemias. Pero, ¿no nos habremos focalizado demasiado en la química del cuerpo? ¿Nos habremos olvidado de todo aquello que la rodea, es decir, del propio ser humano? Si tenemos tantos conocimientos pero nos hemos convertido en seres sedentarios, mantenemos una dieta pobre en nutrientes y respiramos un ambiente contaminado, ¿de qué nos sirve tanto avance?

Quizá uno de los objetivos más importantes que tiene la Medicina China, como muchas otras medicinas llamadas “naturales”, sea intentar recuperar un estilo de vida más lógico y saludable para que no tengamos la necesidad de utilizar tantos medicamentos. La Medicina China es una medicina que nos ayuda a prevenir las enfermedades y a apoyar el proceso de curación en aquellas que tengan una manifestación más profunda. Sería necesario utilizar la Medicina Occidental cuando la Medicina Natural sea insuficiente en el momento de combatir el inicio de una enfermedad, o cuando el patógeno evoluciona y se hace fuerte; es entonces donde los agentes químicos hacen su función de detener o eliminar, en resumen, de salvar vidas. Tratar la tuberculosis sólo a través de la acupuntura, es poner la vida del paciente en riesgo, pero tratar un simple dolor de cabeza a base de pastillas, es un acto de irresponsabilidad. La ciencia moderna es necesaria, pues nos ayuda a comprender el funcionamiento del cuerpo y la efectividad de las terapias alternativas, como por ejemplo el efecto demostrado de las agujas de acupuntura en el sistema inmune, o sus efectos en el sistema nervioso central, etc. Hemos llegado a un punto de la medicina donde somos capaces de hacer auténticas locuras con nuestros cuerpos: hacer que una mujer que no pueda tener hijos los tenga, reducir el estómago, cortar y pegar intestinos a personas con sobrepeso, regular la tiroides con pastillas, trasplantar órganos cada vez con más facilidad, pero en cambio, como ya dije, nos hemos vuelto sedentarios, hay más contaminación, y nuestra dieta es más pobre en nutrientes. ¿No nos estaremos complicando la vida? ¿Quizá, con todo lo que hemos aprendido, tengamos la posibilidad de solucionar muchas enfermedades con una buena educación y unas buenas costumbres, sin la necesidad de llegar a usar una tecnología que, en muchos casos, sigue siendo hoy en día agresiva e invasiva, y que dispone siempre de unos efectos secundarios? Durante siglos hemos hecho una mala interpretación de la vida, ¿qué nos hace tan distintos para hacernos creer que todavía hoy, no estamos cometiendo los mismos errores que en el pasado? Ojalá llegue un día en que las dos medicinas unan sus manos para un fin común. Ojalá llegue un día, en que el ser humano se comporte como tal.

Fuente: “La energía de la vida” de Guy Brown.

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